28 de noviembre de 2012

En busca del fin



La carrera espacial no se ha nutrido sólo de "superhombres" formados como astronautas, ni de sofisticadas naves aeronáuticas. 
Uno de los mayores aportes, con mucha pena y poca gloria, lo han hecho los monos que han dejado sus vidas en pro del avance de la ciencia.
En 1948 Albert se convirtió en el primer mono que la Nasa enviaba rumbo al espacio. Su aventura duró poco. Murió sofocado durante el vuelo.
En 1949 Albert II, así se llamaba el segundo mono astronauta, voló también al espacio, muriendo por un choque brutal durante el trayecto. A éste le siguieron Albert III y Albert IV, muertos también por graves impactos. 
Albert V, otro mono pasajero de un cohete, como los anteriores, falleció por un defecto en el paracaídas cuando la propia nave lo expulsó para comprobar las medidas de seguridad de la misma.

Finalmente fue Albert VI el primer primate que sobrevivió a un vuelo espacial. Eso sí, murió dos días después de volver a la tierra, seguramente por la presión y el estrés padecido durante todo el vuelo.
Sin embargo, todos éstos no fueron los últimos en viajar.
Sólo los primeros.
A ellos les siguieron otros muchos. Unos murieron igual que ellos y otros salvaron su vida, aunque, seguramente, desorientados, perdieron para siempre el sentido de las mismas.
Y no sólo fueron los americanos, también los rusos, franceses y hasta argentinos han mandado monos al espacio a lo largo de todos estos años.
Así que en estos días en los que tanto se está hablando de Marte y de los descubrimientos tan fantásticos que nos reserva ese planeta, no puedo olvidarme de todos aquellos animales que son parte olvidada de la historia. Seres anónimos que, por no tener, no tenían ni siquiera un nombre distinto, sino el mismo con distinta numeración.
Por eso, cuando paseo por el Centro de Rescate y me acerco a los monos recogidos en el mismo y veo sus ojos, esos ojos tan humanos que no dejan de hablarme.
O cuando alargan sus brazos y con sus manos estrechan las mías y las aprietan buscando calor y protección. 
O cuando se nos abrazan al pecho para dormirse escuchando el latido de nuestro corazón.
No dejo de pensar en todo el dolor, en la angustia, en el sufrimiento que debieron vivir todos aquellos que sin saber por qué ni para qué, sin tener la menor idea de cuál sería su fin, un día se vieron metidos en una nave con destino a morir.

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